Ensalada de ahumados

La cocina creativa del ‘Mesón David’

En ocasiones, el cuerpo nos pide un homenaje gastronómico antes de que llegue esa fecha señalada que sirve de excusa para acudir al restaurante que desde hace tiempo llama nuestra atención… Nos apetece arreglarnos, salir de casa, saborear nuevas recetas y descorchar una botella de vino junto a nuestra pareja, familia o amigos. En definitiva, todos los síntomas evidencian que ha llegado el momento de reservar mesa en ese lugar donde planeamos tener una cena especial.

El sitio del que os hablamos esta semana es ‘El mesón David‘, un restaurante poco conocido en Valladolid debido a su ubicación, relativamente alejada del centro, y a la falta de estrategia en lo referente a cuestiones de promoción. De hecho, podría decirse que más allá de los  póster que anuncian en la fachada del local de la calle Alemania sus jornadas de Cocina Creativa Setera (o su variante con el bacalao como protagonista), el comensal tiene que atreverse a traspasar el umbral de la puerta si quiere conocer qué clase de pinchos y raciones puede pedir para acompañar su copa de Ribera.

Una vez dentro del bar-restaurante, lo primero que encuentra el cliente es la zona destinada al tapeo en barra o en una de las dos pequeñas mesas de madera dispuestas frente a ésta. Sin embargo, para quienes prefieren la comodidad de los grandes comedores el mesón cuenta con un amplio espacio en su parte trasera, donde se organizan comidas para grupos y se sirven los llamativos menús del día anunciados a un precio de 12 euros (entre semana) en los carteles colgados a la entrada… Sí, “se sirven los menús del día”, en impersonal, porque los creadores de ‘Sopas con honda’ aún no hemos tenido el placer de probarlos. Nuestra idea original era aprovecharnos de esta opción tan económica para llenarnos la boca con especialidades de la casa como las espinacas con queso de Valdeón o las migas de bacalao a la vizcaína, pero el cocinero, dueño y camarero de ‘El David’ nos convenció con habilidad de negociante para que apartáramos cualquier idea convencional de nuestras cabezas y nos dejáramos sorprender por lo que él fuera sacando de su cocina.

Para relajar el ambiente, en el que faltaba calidez y algo de música suave, lo primero que depositaron sobre el mantel fue una botella de Valdebodega Joven Roble con un sabor afrutado. Aunque nosotros dimos carta blanca al chef -que en este caso también hacía las veces de sumiller- para escoger el tinto, lo cierto es que acertó con la recomendación y tuvo el detalle de dejar la botella sobre la mesa con la promesa de no cobrar más que la cantidad de vino que bebiéramos.

Tinto Valdebodegas

Así, entre copa y copa, transcurrieron unos veinte minutos en los que nos dedicamos a repasar la carta de las últimas jornadas seteras (celebradas cada año con un menú degustación de 35 euros durante la temporada de recogida de hongos),  en busca de alguna pista de lo que podríamos probar durante la velada. Cuando ya nos imaginábamos el sabor de la zarzuela de setas en ensalada con vinagreta de trompetilla; la caldereta de hongos con mollejas y habitas; el secreto Ibérico con crema de setas de calabaza y foie, o el lomo de bacalao al albariño con pinicola y ziza-ori, llegó el primer plato de nuestra cena: una ensalada de sardina, pulpo, salmón y bacalao ahumados por el chef, acompañada de tomates cherry y canónigos.

Ensalada de ahumados

El entrante, abundante, divertido y con un sabor más que correcto, dio paso a un revuelto de setas con jamón ibérico y pan de boletus aún más sorprendente. A lo hora de servirlo, además, el dueño del local se entretuvo animándonos a adivinar los ingredientes de las tostadas y nos dio a olfatear las mezclas que prepara semanalmente con la Thermomix para  que una panadería especializada dé forma a sus pedidos más personales.

Revuelto con pan de boletus

Tras la charla y el espectáculo olfativo, esa especie de superhombre convencido de su capacidad para atender la barra y el comedor de su restaurante a la vez que dirige los fogones nos puso sobre la mesa dos creaciones más: unas alcachofas rellenas de manitas de cerdo y un par de lomos de rape con almejas, gambas y piñones de Tierra de Campos que, a pesar de nuestra gula, no dejaron sitio para el postre.

Rape empiñonado

Con el apetito colmado y tras alargar media hora el café de puchero y un licor de chocolate blanco bien frío a la espera de la cuenta, ésta parecía no llegar, por lo que nos desplazamos a la zona de pinchos con la cartera en la mano y dos preguntas en la cabeza: “¿por qué tarda tanto?” y “¿cuánto pagaremos?”

En total, dos horas después de habernos sentado a cenar, desembolsamos 46 euros, 23 por cabeza. Lo hicimos con gusto, pues nos pareció que los precios eran bastante competitivos, a pesar de que nuestra idea original -y advertida al camarero- era probar el menú de 12 euros que alcanza los 18 los fines de semana.

En cualquier caso, si hubiera que ponerle algún suspenso al mesón éste iría directamente vinculado a la falta de organización del dueño, hábil en el complicado arte de la persuasión, excesivo en la cercanía de trato y, lamentablemente, descuidado a la hora de medir los tiempos y el ambiente del comedor con el mismo esmero que aplica a sus pucheros.

Así, tras compartir con los usuarios nuestra novedosa experiencia en el reino gastronómico de las setas, despedimos este post con la intención de volver pronto al restaurante de David (esta vez “de pinchos”), para comprobar si es posible sustituir el notable que en nuestra opinión ahora merece por un sobresaliente a la altura de su gran cocina creativa.

@sopasconhonda

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