Estatua de Almanzor en Calatañazor

Chuletón en el estómago, Calatañazor en el recuerdo

“¡Oh, sí! Conmigo vais, campos de Soria, 
tardes tranquilas, montes de violeta, 
alamedas del río, verde sueño 
del suelo gris y de la parda tierra, 
agria melancolía 
de la ciudad decrépita. 
Me habéis llegado al alma, 
¿o acaso estabais en el fondo de ella?” 

El paisaje soriano inspiró estas estrofas al gran poeta Antonio Machado, y aunque el lector pueda entenderlas, solo podrá sentirlas cuando conozca los rincones de la provincia española menos poblada, la que atrapa al visitante por sus paisajes, la que sorprende por sus gentes, la que convence por su autenticidad y tradición…

Calatañazor (Soria)

La comunidad castellanoleonesa, enigmática porque, en su simplicidad, atrae y seduce al viajero sin pretensiones, encuentra el culmen de su esencia en las ruinas de Calatañazor –el ‘nido de águilas’ de los árabes-.

Hasta allí, al corazón de Soria, viajamos en familia este fin de semana para celebrar una fecha especial y recordar que en nuestros pueblos se halla nuestra historia, y en la voz de sus ancianos, la mayor de las sabidurías.

Vecinos de Calatañazor

Con la promesa de reservar algo de tiempo para escuchar el relato de las gentes villanas, comenzamos la jornada con el deseo de pasear, disfrutar de la naturaleza y despertar el hambre hasta la hora de la comida. De este modo, después de atarnos nuestro par de botas más cómodo, ponemos rumbo a un paraje idílico: el monumento natural de La Fuentona.

Por la N-122, a poco más de veinticinco kilómetros de la capital soriana, un desvío a la derecha conduce al municipio de Muriel de la Fuente, donde múltiples carteles señalan el camino para llegar al nacimiento del río Abión, contemplar el vuelo de los buitres y seguir los senderos que adorna el enebro.

Camino a La Fuentona

Tras dejar el coche en el aparcamiento que los guardas forestales nos proponen, y con cuyo ticket es posible acceder más tarde al parque de interpretación de ‘El Sabinar’, dirigimos nuestros pasos al lugar que ha protagonizado varios episodios del programa Al filo de lo imposible. Sí, sabemos que suena increíble… ¿Quién podría pensar que allí, en plena meseta castellana, se encuentra uno de los referentes de la espeleología submarina más peligrosa y fascinante del panorama nacional? Sin embargo, es verdad. A los pies del excursionista (que debe limitarse a bordear la laguna), una surgencia de agua que durante siglos ha protagonizado decenas de misteriosas leyendas invita a los paseantes a hacerse preguntas.

En total, han sido necesarias más de dos décadas y la pérdida de varias vidas humanas para que un grupo de espeleólogos y espeleobuceadores lograra adentrarse en la que los expertos consideran “una cavidad única en la Península ibérica”, con el fin de librar de las tinieblas un espacio sobre el cual, aún hoy, el conocimiento es remoto .

La Fuentona

El paisaje que nos ofrece La Fuentona en un día de sol resulta incomparable. Tanto, que  parece lógico invertir un par de horas en fotografiar el lugar, espiar a las aves rapaces con los prismáticos que llevamos al cuello y desplazarnos a pie hasta la casa del parque, donde los recursos gráficos y documentales permiten comprender la riqueza de todo aquello que  viste de peculiaridad la zona.

De esta manera, entretenidos con el descubrimiento de nuevos paraísos, llega a su fin la mañana, que toca la campana para pedir nuestro regreso a Calatañazor y, más concretamente, a la mesa reservada en ‘El Palomar‘.

Cartel de 'El Palomar'

Tal y como su nombre indica, el restaurante al que nos desplazamos en esta ocasión consiste en un antiguo palomar construido en el año 1.700, y cuya última restauración ha permitido, siglos después, su utilización como mesón con encanto. De hecho, con mucho encanto… Al fin y al cabo, no todos los días surge la oportunidad de degustar una ración de carne a la brasa rodeado por el cúmulo de historias humildes que cuenta la caliza, la madera de sabina y el barro cocido en forma de tejas árabes.

El Palomar

En el escenario que describimos, la primera imagen que recibe el cliente es la que ofrece la terraza rústica, que entre sus muros de piedra alberga el auténtico espíritu rural alrededor de mesas y sillas de metal repartidas bajo la sombra de los árboles, rodeadas por las flores silvestres que brotan sin orden ni disciplina, como si lo hicieran en el jardín secreto de Frances Hodgson Burnett.

Jardín de El Palomar

A pesar de lo bucólico de la estampa, es en el interior del local donde descubrimos la esencia del edificio y el aprovechamiento de cada hueco, de cada nidal, para colocar una botella de vino Ribera del Duero a la vista del fascinado cliente.

Comedor de 'El Palomar'

Desde la cocina, donde se ubica el tradicional horno de leña, se tienta al comensal con el olor de las sopas de ajo, el lechazo asado, las chuletillas de cordero, el entrecot a la brasa, el churrasco de ternera, los cangrejos de río y la trucha a la navarra (entre otros platos).

Chuletillas

Todo sería perfecto en el lugar del que hoy hablamos si no fuera porque su dueña, una mujer simpática y con mucha experiencia en el negocio de la hostelería, se aprovecha de su desparpajo para intentar adaptar la comanda y comodidad del cliente a sus propios intereses. Así, por ejemplo, a pesar de que el pasado sábado eramos cinco personas y teníamos una reserva para las tres de la tarde, nos ofrecieron una mesa para cuatro a las 15.40 horas. “¿No entraremos un poco justo?”, preguntamos con más hambre que malestar. Con una sonrisa y tras matizar que, “un poco apretados, podríamos caber”, nos acomodaron diez minutos después en otro lugar más amplio, además de entregarnos un mantel blanco para que fuéramos colocando nosotros mismos los cubiertos… Filosofía “casa de la tía Begoña”.

A pesar del detalle comentado, tan curioso como poco profesional, la camarera ofrece un trato familiar -tal vez demasiado, aunque a algunas personas es esa particularidad lo que les atrae-, mientras dispone raciones de migas pastoriles con uvas (5 euros) y dos pasteles de puerros y setas (4,20 euros cada uno) que son, francamente, lo más recomendable de la carta junto con el chuletón y los postres.

Pastel de puerro

Por otra parte, todo el menú del fin de semana estuvo regado con un tinto Melior Roble 2012 de Matarromera (11 euros la botella), que, desatendiendo una vez más la importancia de los detalles, trajeron a la mesa ya descorchado.

Sea como sea, cabe comentar que casi a la hora del café, cuando llegó “la vaca” (18 euros), todo el tiempo de espera compensó. Al fin y al cabo, eso es lo que habíamos ido a buscar al restaurante: cantidad y, sobre todo, calidad. De hecho, si tuviéramos que hacerle alguna crítica al chuletón que devoramos nos limitaríamos a comentar que la guarnición solo consistía en un par de trozos de pimiento rojo porque, según la cocinera, la otra opción de acompañamiento eran las “patatas fritas congeladas” que ella, personalmente, no nos recomendaba… Diez puntos por la defensa de lo casero, cero por la falta de previsión.

Chuletón

Finalmente, tras saborear una tarta de queso “de receta propia” y muy lograda en cuanto al sabor, pagamos 28 euros por persona  y digerimos la cuenta con un chupito de pacharán. En definitiva, dimos por saciado el apetito para continuar nuestra excursión, descubrir nuevos rincones y cumplir nuestro propósito de charlar con los lugareños.

Tarta de queso

Mientras recorremos las calles y tierras en las que, según la leyenda, “Almanzor perdió su tambor“, comprobamos, una vez más, cómo la despoblación ha hecho estragos en Castilla para dotarla de un encanto triste que ahora, superada la primera década del siglo XXI, atrae a cientos de turistas cada año para atraparles en el contraste entre lo nuevo y lo viejo. No en vano, a los amantes de lo cosmopolita y de los sabores de vanguardia también les gustan los productos de matanza, ¿o no?

Tienda de Calatañazor

A la bajada del castillo villano, cerca del lugar en el que se encuentra la estatua del caudillo moro al que la historia soriana convirtió en vencido, llegamos a la casa del señor Víctor, octogenario cuyas raíces castellanas, como las de su propio pueblo, se remontan al medievo.

Frente a la tienda de quesos artesanos que administra uno de sus hijos, bajo el dintel de madera en el que puede leerse la indicación “cocina-museo”, el anciano asoma la cabeza por el hueco de la puerta y encandila a los turistas con su educación y explicaciones, que fluyen con calma y orden, como las aguas del Duero, cuando nos anima a adentrarnos en su vivienda para conocer el secreto de las chimeneas cónicas que caracterizan al municipio.

Cocina-museo del señor Víctor

La visita al “espacio museístico” es algo más que recomendable, pues permite poner la nota emocional al viaje, así como ilustrar las vivencias de quien narra (por un “donativo” de un euro y medio por persona) una experiencia de vida humilde, repleta de sacrificios pero, también, de satisfacciones por el trabajo bien hecho.

Ante el escenario detenido en el tiempo, después de observar los aperos de labranza que atesora Víctor entre otros objetos que sirven para preparar chorizos, caldear una cama o lavar la ropa a mano, pasamos a lo que su propietario denomina con orgullo “cocina troncocónica” y nos quedamos sin palabras… Bajo ese cohete puntiagudo que es la chimenea y que, curiosamente, en el interior de la construcción prolonga su forma casi hasta el suelo -como si se tratara de una choza celtíbera sin ventanas-, la luz cenital ilumina los  embutidos que cuelgan de las paredes para ahumarse al calor de la lumbre, sobre los pucheros de barro. “¿Os gusta?”, pregunta nuestro guía bajo un cartel que prohíbe hacer fotos, y que él mismo ha colocado para proteger su “obra de arte” hasta las últimas consecuencias.

Cartel de la cocina-museo

Casi a las 19.00 horas, cuando aún es posible aprovechar los rayos de sol más rezagados, nos despedimos del hombre de la cocina troncocónica y ponemos rumbo a nuestro último destino: el sabinar de Calatañazor. 

Y es que merece la pena invertir algo de tiempo en acercarse al espacio natural que protagoniza esta última parte del post (prometido), para contemplar el universo de madera, vetusto y silencioso, que a lo largo de  22 hectáreas de bosque terciario, bajo la silueta de árboles que alcanzan los 14 metros de altura, alimenta con sus bayas a cuervos, zorzales y otros pájaros.

Sabinar de Calatañazor

Así, paseando bajo la sombra del enebro, nos despedimos de la provincia española más despoblada con una frase en la mente, la frase que las campañas publicitarias lanzaron durante años desde la televisión y que nuestra escapada, por fin, ha convertido en realidad: “Soria. Ni te la imaginas…”.Volveremos.

@sopasconhonda

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