Revuelto de ajetes

‘El Cerezal de Covadonga’ y la despedida más casera

Esta semana nos hemos ido de despedida de soltera. Se casa una de esas primas, casi hermanas, a la que no puedes negarle nada pero que, afortunadamente, tampoco pide mucho. De hecho, lo único que ella quería era una velada tranquila, sin extravagancias ni desmadres, junto a diez amigas que, como corresponde en estos casos, no podían dejar pasar la oportunidad de hacerle pasar un poco de vergüenza…

Un momento de la despedida

En lo fundamental, en cualquier caso, respetamos los deseos de la novia y organizamos un plan relajante por la tarde -dos horas de spa, y una cena tradicional (casi castiza) en un restaurante céntrico pero, a la vez, aislado del tropel de forofos del Real Madrid y del Atlético que esperábamos encontrarnos ese sábado tras la final de la Champions. A estos requisitos, además, había que sumarle el deseo de conseguir un amplio comedor para nosotras solas, variedad en la carta del mesón, precio económico y menú del día con calidad. En resumen: un reto.

El Cerezal de Covadonga

 Finalmente, como suele ocurrir en estos casos, decidimos no arriesgar y apostamos por un clásico de innegable fama entre los amantes de lo casero: ‘El Cerezal de Covadonga’.

Para ser sinceras, no todas nos imaginábamos que la comida en este restaurante, ubicado en plena calle Francisco Zarandona y de aspecto bastante sencillo, fuera a convencernos. Sin embargo, en múltiples ocasiones ocurre que lo más simple, lo menos sofisticado, es lo que mejor nos sabe. 

Revuelto de ajetes

Así, tras un desembolso de 12,90 euros por comensal, empezaron a desfilar los primeros, escogidos de un larga lista compuesta por más de veinte sugerencias que incluían, entre otros platos, propuestas tan típicas de la gastronomía española como el revuelto de ajetes, el potaje de lentejas, la paella, la ensalada mixta con aceite de oliva, la sopa de marisco o el pisto. Ésta última opción, servida en abundancia como el resto de raciones, tuvo un gran éxito por el recuerdo que dejaba en la boca, similar al de las recetas de nuestras abuelas, siempre tan alejadas de los potenciadores del sabor y de los conservantes.

Pisto

Mientras evocábamos a nuestras “yayas” pasándonos con gesto dubitativo el salero (porque, al igual que en ‘El Cerezal’, a algunas nos gusta la mezcla de calabacín y tomate  con un poco más de sal), nos mirábamos unas a otras comprobando que, a pesar del tamaño de lo servido, nadie dejaba ni las migas en el mantel, que antes de las 11.00 ya lucía las primeras gotas de vino “peleón” derramadas desde la mítica jarra de barro.

Ensalada mixta

Con una amabilidad y discreción bastante destacables, los camareros tomaban nota de cada petición e iban colocando sobre la mesa fuentes con chuletillas, escalopes, lechazo guisado y, para las aficionadas a aprovechar con pan las salsas, un bacalao con tomate y patatas muy sabroso. Todo muy “Made in Spain“, pero alejado de lo que con esa definición se ofrece hoy en día a los turistas extranjeros.

Lechazo guisado

En el plano negativo, a la vista está que la presentación de la comida era mejorable, pero a cambio, la relación calidad-precio resultó más que razonable. Además, si a ello le sumamos los postres (con flan casero como dulce estrella), el buen ambiente, y un chupito de hierbas o crema de orujo para bajar la cena, podemos decir que la celebración fue un éxito.

Flan

Eso sí, también hay que reconocer que, con el estómago lleno y tras finalizar la parte tranquila del plan, lo que más apetecía era desplazarse a los bares más concurridos de Valladolid, tomar unas copas, bailar como locas y, sobre todo, brindar por la que en julio dejará de ser soltera… No en vano, así lo hicimos. ¡Viva la novia! 

@sopasconhonda

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